Venga le digo

Dietario ficcional lleno de verdad

El temascal del indio Martín

Agua vital…purifícame

Fuego del amor…quema mi temor

Viento del alma…llévame a tu altar

Madre tierra…vuelvo a tu hogar

 

I

Diciembre en Ciudad de México no tiene el aire gringo que se vive en Bogotá. La figura de Papá Noel es casi nula, la gente no tiene la presión de las novenas diarias, tampoco las comilonas abultadas son cosa de todos los días y no hay tantos cordones de luz coloridos en las casas. Más bien se entra en una borrachera contundente que llaman Guadalupe-Reyes, y va del 16 de diciembre hasta el 6 de enero, fecha en la cual se entregan los regalos a los niños y se recibe a Melchor, Gaspar y Baltazar entre abrazos de tequila y rancheras.

La mamá de Melenon, doña Martha, nos viene e visitar en estas fechas para celebrar con nosotros el 24 de diciembre muy a la colombiana. Por esos días sólo se come al mejor estilo de la tierra caliente: sancocho, arroz con pollo, frijoles, chocolate y arepas vuelan por la casa.

Claro que no todo es color de rosa. La segunda noche en que la mamá de mi parcero está en la casa, me voy de fiesta con Tanvi Thanki, una británica de hermosas y marcadas raíces hindúes con la que me voy a zapatear en una discoteca llamada el Imperial. Nos emborrachamos, nos besamos tranquilamente, y luego nos arrojamos como unos salvajes a mi casa, donde esperamos despojar al cuerpo del deseo y al deseo de toda su temperatura. Hay un sexo animal y yo trato de controlar los gemidos de Tanvi para no fastidiar el sueño de doña Martha, pero en ciertos momentos de la montaña de placer es imposible no soltar uno que otro grito. Melenon, en un momento de ira, nos grita que nos callemos desde la sala de la casa. Luego hace ¡Shhhhhhht!, como si mandara a silenciar a un par de perros salvajes. Luego de que la marea se calma y llega el nuevo día, recibo un mensaje por Whatsapp de mi amigo en el que me acusa de irresponsable, irrespetuoso, falto de ceso y calentón. No respondo en la misma talla y le digo que hice lo posible para que no hubiera ruido. Igual no entiende y sigue con la furia encima por dos días, pero luego se calma y no tiene más reproches con el asunto.

Para tener una jornada navideña fuera de la ciudad, decidimos irnos a Malinalco a la casa del indio Martín. Es a una distancia muy corta desde Ciudad de México, pues gastamos un poco más de una hora hasta allá. Malinalco es bonito. Calles cerradas y sinuosas entre adoquines bien puestos, fachadas clásicas mantenidas con belleza entre paredes blancas y tejados rústicos; hay una plaza con artesanías locales muy atractivas y comidas típicas; un parque donde siempre hay gente tocando tambores y un par de montañas que rodean la parte construida como dos potentes alas de águila abiertas al cielo. En la montaña de la derecha está el antiguo Templo Guerrero de los Méxicas, un lugar donde venían a consagrarse los comandantes y generales del ejército, a recibir la más alta dignidad a la que podían aspirar en la fuerza armada y a corroborar que su energía, su talante y liderazgo sí fueran aprobados por el Guerrero Águila y el Guerrero Jaguar. En la montaña de la izquierda, pese a no ser visible desde el centro del pueblo, hay una gruta horizontal que parte en dos el frente del monte. Adentro de esa gruta, a ojo de buen observador, se pueden ver tallados en piedra la serpiente emplumada y a Huitzilopochtli, el gran dios de los viejos pueblos que habitaron este lado del mundo.

Bajo esa montaña, la de grandes monolíticos esculpidos en las tardes iluminadas por los dioses Méxicas, queda la casa del indio Martín, quien nos recibe con una sonrisa gigante y unas tortillas de maíz dignas de la eternidad.

 

II

Acá también venimos a vivir un temascal. Yo nunca he vivido uno, pero Melenon me dice que es algo que me limpia los adentros, me lleva al límite y me pone a tono con la Tierra.

Desde el principio la experiencia es mágica. Nos ponemos todos alrededor de un hueco profundo en el que empezamos a colocar leños que previamente incendiamos. Primero el indio Martín da gracias por el momento, por las piedras, por el temascal, y luego a cada uno corresponde lo suyo, dar gracias al que quiera, pedir por el que quiera y lanzar al fuego las semillas de maíz, lenteja y frijol junto a las pequeñas espigas secas. A cada lance el fuego se fortalece. A cada palabra el fuego se apropia más de ti, como una brisa cálida que te busca antes de la tormenta.

El temascal como recinto es una caverna esférica, concebida con barro, fibra vegetal y piedras grandes. Adentro recibe a sus visitantes en largas esteras de paja gruesa. En el centro hay un agujero circular de buen tamaño. Los que entran, al sentarse, rodean este círculo.

El temascal como iniciación invita al renacimiento, a la regeneración. Es un vientre de una madre al que se viene a volver a nacer. Por eso no es bueno salirse a la mitad del ritual, pues sería como si “abortaran” a la persona.

El temascal como símbolo es una prueba que forja el espíritu. Esculpe entre el aguante nuestra capacidad interior para ser en la entidad y no en el cuerpo, para controlar el sistema nervioso desde la consciencia que flota por todas partes.

El temascal como tradición es una ventana abierta para mirar en los adentros. Así, en plural, porque caminar en uno mismo es una experiencia laberíntica, plurifurcada, sin clara noción del sendero.

Cuando entro al temascal me ubico al fondo para quedar mirando de frente la puerta. Por allí también entran las piedras anaranjadas, candentes, llenas del espíritu del fuego. Se les da la bienvenida con unas palabras en nahuátl y luego todos decimos “bienvenida abuelita piedra”. Y así van entrando muchas piedras y el interior del temascal se vuelve caluroso, vaporoso, lleno de soplidos calientes que te van preparando para lo que se viene.

El hijo del indio Martín empieza los cánticos. La primera puerta es la del viento. Se canta, se evoca y se aguanta el calor, porque se va poniendo la piel a temperaturas que no se acostumbran y los ojos parecen inflamarse y la boca se vuelve una vasija en llamas. Hay que respirar, aguantar, respirar, dejarse llevar y volver a respirar hasta que la música y la presión del calor van dejando que el cuerpo se ablande y se acostumbre. Luego sigue la puerta del agua y las piedras vuelven a entrar ardientes hasta precipitarse al círculo del centro. Más llamas, más fuego, más calor intenso. Por momento creo que no voy a soportarlo pero el objetivo está en ese momento: ante la debilidad mental darse fuerzas y aguantar hasta el final. Lo que más me ayuda es la música, me relaja y me concibe nuevas imágenes que acabo metaforizando como impulsos de la fortaleza interna.

Cuando entramos a la tercera puerta, la de la tierra, las piedras ingresan y yo me siento débil, con sed. Alguien pasa un jarrón con agua que jamás volvería en todo lo que faltaba del ritual. Una mujer a mi lado toma una rosa y la hunde en el agua, luego empieza a hondearla como una hélice de helicóptero y esas gotas de frescura en mi rostro me hacen el temascal más llevadero. Resisto, lo vivo, respiro y canto. Hay momentos de fuerza irresoluta que invitan al aguante, a la resistencia, pero cuando el hijo del indio Martín agita las plumas de águila sobre las piedras candentes, todo se vuelve una fusión con el calor, un flameo intenso entre el fuego de la vida y el del ritual, y el incendio que se vuelve el cuerpo es tan denso y vital, que a todos nos dan ganas de salir de la carne, de los nervios, y volar como un colibrí hasta lo infinito del firmamento.

La cuarta puerta, la del fuego, es la más tenaz de todas. Primero porque la dirige el indio Martín y su hijo le cede las plumas y el don de la voz. Y segundo, porque es el fuego, el núcleo de esta vaina, y cuando entre oraciones y versos que parecen brotar de la tierra el indio Martín agita las alas sobre las piedras, el calor se hace más intenso y poderoso que en los momentos anteriores y yo siento las llamas en mí como si el sol me besara. Mis labios se marchitan, mis ojos se derriten, mi pelo se desvanece, mi piel es líquida, y me recuesto en el suelo del temascal apenas pudiendo pronunciar los cantos, apenas respirando. Mi mano derecha, en el suelo, encuentra regocijo en un pequeño charco de agua que no quiere secarse. Allí la frescura del líquido vital me deja soportar más, aguantar un poquito más. Doña Martha grita que quiere salirse, pero el indio Martín es recio, respetuoso con los rituales, y no le permite ni el intento de fuga. Luego todo se va suavizando, todo se va calmando, y el temascal se termina con una invitación a vivir la vida del espíritu y a dejar atrás las artimañas del cuerpo.

Al salir nos dirigen a una laguna fría a pocos metros del temascal. Nos hacen zambullir tres veces y yo siento en los muslos que un cuchillo de obsidiana entra y me apuñala de lado a lado. Doy un grito y abro los ojos ante el cielo estrellado que arropa esa noche a Malinalco, un cielo tan brillante y gigante como nunca había visto, punteado de luz por todos los ángulos, y entre las estrellas me parece ver no solo la materia oscura del universo sino también unos ríos rojos que parecen chorros de sangre congelada, tan rojos que me tranquilizan y parece que me hablaran en su finita distancia sideral.

Luego de allí comemos algo, brindamos por la noche buena que no nos pertenece (porque ese día es 24 de diciembre), y nos vamos a dormir en una cabaña rústica metida en la montaña, bajo la mirada férrea y compasiva de Huitzilopochtli, quien jamás abandonó mi mano durante todo el temascal. Lo recuerdo volando entre las cuencas de nuestros cráneos como un as de luz que une a los hijos de su ritmo.

 

III

Al siguiente día todo fue sol, una visita al Templo Guerrero y micheladas en el parque de Malinalco alrededor de historias de origen. En la noche tomamos una van hasta el terminal. Recuerdo ese corto trayecto con bastante entusiasmo porque iban tres niños ruidosos, explosiones de vida en tamaño atómico. Se reían y se trataban como si no hubiera danza última para sus cuerpos. Me contagiaron de su alegría constante y cuando se bajaron, uno de ellos, vestido con tirantas y sombrerito de brasileño, no quería abandonar el automotor. Empujó a la tía, al tío, pero a su abuela no. De la señora robusta y con el sol tatuada en su rostro se dejó cargar como una nube, liviano y en calma. Y nosotros seguimos el camino hasta Ciudad de México, dejando un lugar mágico al que prometimos volver antes de emprender la ruta editorial.

 

 

 

 

 

 

 

 

Guadalajara y los últimos maricachis

El genio en el arte consiste en saber hasta dónde podemos caminar demasiado lejos. 

Jean Cocteau

 

I

Somos caminantes. Natos. En la calle está la respuesta, o una posibilidad de la misma, y aunque la mayoría lo niegue, solo andando nos alejamos (y volvemos) del origen.

Nos fuimos a Guadalajara con Melenon a la FIL. Queríamos todas esas trocas, esos libros, esos autores sin género. Yo me fui volando con dos lecturas. Estaban en mi cabeza como toallas frescas para el viaje. La primera de ellas era On the road, de Kerouac. Las últimas dos partes de ese veloz relato son atardeceres fascinantes en los que se puede soñar sin cautela. Hay un momento en que Sal Paradise y Dean Moriarty están en México, en un punto que no recuerdo, y duermen afuera del carro, buscando huir del calor infernal del valle y de los mosquitos. Moriarty está en medio de una siesta abismal, pero Sal Paradise no puede cerrar los ojos. Y después de que un policía mexicano los alumbra con una linterna mediocre y les pregunta, también de forma mediocre, por su mundo lleno de sueños, unos instantes después de que ese agente de la desconcertante ley se pierde en la oscuridad, aparece un animal blanco a lo lejos, que en un principio Sal Paradise confunde con otras bestias, pero que resulta (oh gran dios de las rancheras) ser un caballo blanco, esbelto y con su crin fulgurante como un rayo, y Sal Paradise lo ve pasar junto al coche como una ráfaga de luz, como un fantasma que se llevara su miedo y su ira y sus nefandos laberintos.

Y la otra lectura podría decirse que era una mezcla del Dietario voluble de Vila-Matas y aquella hermosa canción de José Alfredo Jiménez, El corrido del caballo blanco. El autor catalán hacía efervescente cada experiencia, la llenaba de sentido y de aquella realidad poética que a veces solo los escritores creemos ver, pero que en verdad es una mirada de la humanidad entera. Una mirada perdida, como un niño que suelta la mano de su madre en el Mercado de Sonora. Y es que no sé si los lectores probables de esta vaina sepan que el corrido del caballo blanco en verdad fue un viaje, al mejor estilo de Kerouac, que hizo José Alfredo Jiménez. Su caballo blanco, que si bien para muchos puede ser el perico, o la heroína cortada con anfetaminas o un equino muy hábil, en verdad era un Chrysler del 57, que para la época era como estar subido ahora en un convertible de cualquier marca alemana o inglesa. Un lujo. Un destello de velocidad en las carreteras planas de México. Pero el caballo blanco iba tan rápido y de seguro José Alfredo iba tan empapado en tequila, que hubo un accidente (cuentan que en los Mochis, ya se iba cayendo, que llevaba todo el hocico sangrando), y en el estrellón salió volando tan alto que luego, en otra canción, dijo haber tocado las estrellas, tan cerquita que estaban, como si fueran flores en el jardín de una querida, tan cerquita que las vio José Alfredo entonando la música que no lo buscaba y lo encontró y que haría feliz a infinitas almas perdidas en las tabernas de Latinoamérica. Tan infinito él y nosotros en Guadalajara. Buscando un cielo para hablar, un libro para no olvidar y una escritura que, si bien venía de los libros, se salía de ellos, los desbordaba como una cerveza que impulsa la espuma hasta reventar el vaso. 

II

Nos fuimos en un avión que parecía un bus. Llegamos a las 6 de la mañana. Un taxista de chaqueta impermeable nos llevó hasta la casa de Yareli, la tapatía que desde el DF nos dio las llaves de su aposento y nos encomendó a sus dioses para que no fuéramos a incendiar el cuarto. La casa era un palacio fragmentado en apartamentos de buena medida. Columnas adosadas, grandes puertas, marcos en forma de orbe, escaleras blancas veteadas con piedra, y unos bordes resaltados que en cada esquina aguantaban una estatua menor en forma de ave. Entramos al depa y es un sepulcro. Cuando abrimos el cuarto hay una chica durmiendo entre cobijas que cubren y descubren su desnudez. Es un cuadro hermoso que merecería el ojo de Touluse-Lautrec. Nosotros somos dos atónitos mirones que se excitan pero se callan, y ven salir a la chica entre risas y ojeras. Se duerme en el sofá sin problema, y nosotros seguimos para cerrar los ojos un rato. Yo casi no duermo, no sé Melenon, pero hubo segundos en que le oí roncar. Salimos a buscar un desayuno después de una ducha fría. En una esquina, antes del paseo de Chapultepec que buscamos, comemos huevos mexicanos, que son los mismos huevos revueltos con tomate y cebolla que hay en el mundo, pero que cargan un grado de picante justo para levantarse y mirar la realidad con atención. Me gustan los desayunos en Guadalajara. Luego, caminamos por el Camino de Chapultepec hasta un obelisco que en el remate de abajo tiene una jauría de soldados apuntando sus bayonetas. Se llama Glorieta  Niños Héroes, y como en todo punto de giro, de allí surcamos un rumbo de brújula rota. Cruzamos un cementerio de vagones, perdidos y oxidados en las viejas carrileras que ya nadie recorre, solo vagabundos y gente que busca fuego en las canecas. También pasamos un barrio con edificios que solo transitan personajes de corbata; así mismo una fuente, una plaza roja, un paradero afiebrado por los transeúntes. Y después de ver los pájaros del parque Agua Azul, caminamos sin rumbo, buscando una chela, sedientos y con las manos llenas de esperanza.

En una avenida que conecta una coordenada de Guadalajara con el centro, vemos aquellas miríficas puertas, dos pedazos de madera que se mueven como un libro descuadernado, una invitación a beber al mejor estilo del oeste, de los tiroteos con whisky barato y chicas en medias de tejido caprichoso. Entramos. Había dos veteranas, no guapas pero alcahuetas, y nos venden par Coronas y brindamos. Nos dejan fumar adentro del bar, presentan su rocola de luces verdes y azules y pantalla táctil, a diez pesos la rola, joven, y entonces yo me deslizó hasta Leer el resto de esta entrada »

Una luz en Teotihuacan y un aquelarre en Chapultepec

Teotihuacan sigue siendo parte de los valles que circundan al gran DF. O eso me pareció a mí, que desde la ventana del Volvo de Manu apenas veía las pirámides con desconcierto y de lejos, sin dar atención a los comentarios de Federico (o Federica, da igual, se siente bien aquí, allí y allá), quien se burlaba de los anuncios pintados sobre los muros bajos y las piedras que están a un lado de la carretera. “¿Se siente mal? Terapia neural”, “Si su matrimonio es un fiasco, le ayudamos a solucionarlo”. Y una seguidilla de teléfonos y correos y páginas web se arrumaban en el espacio que daba el muro hasta acabarse. Mientras todos se reían de la voz que hacía mi compañero de silla yo miraba el valle de México y lo imaginaba lleno de sangre. Aunque esa actitud es mirífica. La verdad lo imaginaba desde la distancia lleno de quesadillas, de tacos y de dioses que vivían entre la comida hermosa y brutal del DF y todos los placeres.

Teotihuacan no fue creado por los Méxicas o Aztecas, sino que éstos habitaron el lugar después de que el sabio y hábil pueblo teotihucano construyera esta ciudad con acueducto y conexión estelar. Alguien dijo que las pirámides, aunque se vieran marrones y de color terroso, en verdad habían sido rojas. La sangre corrió por ellas como un río que cicatrizara la realidad para volverla a cortar, y así, sin final y sin parar, en búsqueda de las palabras divinas del sol y de la luna y del quetzal. Había ruidos de puma, de águila. Hubo ruidos allí, de muertos y de ejércitos y de almas humanas que escaparon al sentir el cuchillo de obsidiana.

Tal vez pensando en eso, o por pensar en eso, fue que acabé encontrando un señor que me ofreció una daga hermosa. Una daga que me recuerda que siempre he tenido una rara fascinación por los cuchillos. No tanto por las espadas o por los sables o por los machetes, sino por las dagas y los cuchillos. Una extraña fascinación que me ha hecho estar rodeado de ellos desde pequeño. Como dice Borges, “Otra suerte de espadas hay, murales y cercanas.” Mi daga tiene el puño en forma del guerrero de águila y su hoja es de obsidiana. Sí, tal vez yo sea quien caiga sacrificado o quien sacrifique a toda una colmena de almas en nombre de la literatura.

Subimos hasta la Pirámide de la Luna. Es hermosa. Las escaleras casi que van amenazando con la muerte a quien las anda. Empinadas y con el viejo carmesí que le dejaron el reguero ancestral de sangre y las gestas de los pueblos floridos, son un manifiesto de la dificultad de encontrar nuestra verdad en la oscuridad propia. Nuestra luna. Porque cada uno tiene una, perdida allá arriba y que lo cuida como una madre obsesiva que a veces está o no está. Desde la pirámide se escuchan las voces que dialogan en la base. Susurros perdidos pero comprensibles. Chismes. Cotorreos. Burlas. Nada serio. Aquí arriba se ve todo el camino de Teotihuacan. Es ancho y naranja opaco. Cruza toda la ciudad por el centro y trae y se lleva el viento. Se lleva los gritos y los muertos. Nos lleva a nosotros. Nos deja volver y rendirnos a su ritmo que se eleva hasta el cosmos.

Subimos luego a la Pirámide del Sol. Es imponente. Frente a nosotros parece un gigante templo de la luz y de la fuerza que apuntara al cielo en bloques geométricamente acordes, puestos uno sobre el otro con la paciencia de los días. En sus paredes diagonales se observan piedras que apuntan al cielo. Seguro allí más de un cuerpo quedó colgado por días. Cuando estamos en la parte más alta, sentimos el viento en la cara con fuerza. Sopla como queriendo tumbarnos a todos, turistas, golfos y curiosos. Un gran nubarrón negro se pone sobre todo Teotihuacan y empiezan a caer gotas. Es una lluvia que no es. Muy floja. Apenas una gota allí. No alcanza para decir “y allá”. Pero de repente también el cielo se abre y un rayo de luz solar, amarillo y lúcido, alumbra la punta de la pirámide en que estamos, y nos deja absortos, bajo el éxtasis de haber visto el apogeo del cielo y su misterioso lenguaje. Veo que Federica medita bajo este rayo de luz. Ora y lanza una carta. Abre los ojos y son como estrellas que en la eternidad se quedan palpando vidas. Aquí y allá.

Volvemos al DF. Nos detenemos en un restaurante y comemos en un bufete sin precedentes. Todo estaba delicioso. Todo parecía una película en la que 3 jóvenes invitan a sus tías a dar un paseo al valle de Ciudad de México y todo acaba en una furrusca de ácidos, con pumas de colores corriendo entre el desierto, serpientes emplumadas que despiertan el ritmo de las nubes, ríos de sangre que corren entre la lumbre de las inmensas piedras de obsidiana, dioses obesos que se enrollan en la tortilla de la tierra milenaria, diosas lunares que se aparean en la noche y gritan el eco de todo el dolor del mundo. Sí, en Teotihuacan hay un secreto. Basta oír la luz vibrar en el atardecer.

II

Todo fue confuso desde que llegamos al apartamento frente al Bosque de Chapultepec. Cada uno era lo suyo, pero cada quien preocupado (y provocado) por el resto. Una masa de borrachos intentando la fórmula, que a veces puede ser buscar en el vacío esperando una figura que lo resuelva todo, o simplemente destapar otra botella y decir algo para que la risa flote. En el apartamento se prenden los humos. Bareta, cigarros y vapor de palabras y carcajadas. Unas chelas cruzan la mesa donde reposa el Mac detonando cada rola. Estamos la banda completa. Las tías Federica y Everton, Manu, la Gatucha, un dealer esporádico que vino a vender y se acabó quedando, y yo, que suelto entre lances verbales y comentarios, me dejo ir en una barca de placer, una gigantesca nave que surcará la noche como una estrella a la deriva.

Primero bailamos reggaetón. A nadie le gusta, excepto a los colombianos. Luego cantamos rancheras, y parece que en cada estrofa que enuncia la voz se destruyera la puerta de una cárcel. Siguen el rock, el reagge, la champeta, el guaguancó. Todos nos gustan. Los cuerpos se amarran por la cadera y anudan los brazos, y el baile deja conversar, como si fuera una excusa precisa para acercarnos. Luego hay electro, mucho electro, y mi viejo lobo de las noches bogotanas exalta sus dientes y le sonrío a la luna, que está radiante, y le digo que me lleve hasta donde mis pasos digan, que me cuide hasta que la última ciudad se acabe, y que me hable en los días de furor en la carretera.

Llega una colombiana y una mexicana. Las dos son actrices, flacas y de pelo liso. Pero la colombiana es hermosa. Sonríe y siento que mis pies flotan y mis tripas y todo mi ser. Es una mujer demasiado tierna para trabajar en televisión, como afirma hacerlo, y luego de un brindis y un par de bailes, le cuento que hago libros. Le cuento también sobre la editorial itinerante. Y me da otra risa, otra gran risa que me pone azúcar en las pestañas y me hace libre. No me importa nada, ni yo mismo. Solo que ella sonría es suficiente para justificar la vida. Justificar Teotihuacan y su sangre y lo que vino después, todo eso con lo mío, con lo de los otros que están ahí con esas ganas de vivir que es tan solo de ellos. Cuando salgo a comprar unas cervezas con la tía Federica, la colombiana anuncia, frente a todos, que llamará a su esposo. La vida es una mierda.

Durante el trayecto, me enteró de que la regla de vender trago después de las media noche solo aplica para ciertos negocios. Nos venden ron blanco y cervezas en un Seven (7) y con la tía Federica hablo de teatro, de poesía grabada, de palabras mágicas, de grandes momentos de cada uno, y nos hacemos amigos, entre calles y una lluvia triste y suave. Cuando volvemos a casa, el marido de la colombiano no ha llegado pero no tardará en hacerlo. Solo es que entremos y suena el timbre. Alguien tendrá que bajar de nuevo. No seré yo ni la tía Federica. Será la mismísima lindura colombiana la que irá hasta abajo a empujar la puerta.

Es un chiste cuando el tipo entra. Es uno de los tres gavilanes, pero no de algún relato farwest o de una tramoya animalista. No. Es uno de los tres tipos de Pasión de Gavilanes, aquella novela que hace unos buenos años tuvo auge en Colombia. Los galanes eran tres mexicanos, desconocidos en ese momento para el público, pero que igual hicieron mella y son recordados con burla o admiración, no lo sé, en todo caso cuando lo vi entrar a la sala de la pequeña fiesta, sentí una risa y una desilusión. El marido era un gavilán. Y yo me sentí como una lombriz sedienta, como una culebra que se resigna y se pierde en el desierto.

Se fueron la colombiana y el gavilán. Solo quedamos borrachos y locos. Empezamos a bailar de nuevo. Me invitan a un ritual. Me acuesto bocarriba en el suelo y me acarician con flores, con  la sombra de las manos, con hojas de alguna planta que nunca vi. Lloro. Abrazo a la tía Federica y a su amiga y otro borracho se va a dormir. Ya solo quedamos Federica y yo y una amiga de él, que cuando nos ve bailar prefiere alejarse. Me abrazo con Federica. Es un abrazo que me hace sentir amor, no amado, solo amor, como si colisionaren dos grandes bolas de luz en un patio de ropas del DF. Nos damos un beso. Largo y con ese rose de la barba extraño que se siente al besar un hombre. Me gusta el beso pero no la barba. Decido irme. La tía Federica trata de seducirme. Hablamos un rato pero igual me voy. No baja para abrirme el portón. Frente al rectángulo de acero con chapa doble decido lo que no se debe hacer. Me trepo por un muro y paso los alambres de púa que surcan la parte de arriba de la puerta. Logro descender por un tubo que sostienen dos herraduras donde puedo apoyarme. Empiezo a caminar rápido pero me siento perseguido. Chapultepec se convierte en un lugar oscuro, como de lápidas que se levantan a mi espalda. Prefiero no mirar nada, ni las ventanas ni las puertas ni nada. Seguir caminando hasta llegar a la casa y dormir. El shock de la fuga me pone a pensar muchas cosas. Cosas desgraciadas, sobretodo. Trato de calmarme y cuando mis pasos están anunciando la gran fatiga aterrizo en los aposentos de la calle General Juan Cano.

 

 

El gran día

Así lo bautizó el mexicano que programa las entregas de los colchones en Walmart. Me acerqué con el recibo a su mesita y me dijo, ¿Para qué sería?, y yo le dije que para llevar un colchón hasta la colonia San Miguel Chapultepec, y me contestó que si mañana sería un buen día para la entrega, y le dije Sí, claro, excelente que sea mañana mismo, y el mexicano, de bigote mal afeitado y un corte de pelo low fade, me dijo ¡Bueno!, entonces mañana es el Gran Día.

Desde que llegué a México el tema del colchón ha sido pan diario. Al principio se mantenía regio, no se desinflaba ni se hundía. Con los días–o no lo sé, tal vez después de dormir mi primera noche borracho allí–, el aire comenzó a faltarle al remanso de mis largas siestas, y como si se tratara de una pesadilla de náufragos, mi cuerpo amanecía cada mañana flotando perdido entre una tela azul y cobijas enredadas. Un día descubrí la fuga y la tapé, pero igual amanecí otra vez con las tablas en la espalda. Una mierda. Luego empecé a cotizar por Internet y encontré varios precios y soluciones, hasta que me encontré con Walmart. Sí, lo digo como si hubiera encontrado un puto ángel, pero así fue. El colchón salió barato y es de calidad.

Quiero follar mucho en el colchón. Follar con Paula, sobretodo. La extraño y quisiera estar abrazado a ella tan fuerte que, por un segundo, la eternidad se nos metiera en los huesos y pudiéramos estar así, fugaces y sin final, perdidos amantes sin tiempo, enloquecidos por las carreteras del universo que al infinito nos invita. Obvio que también quiero follar con más chicas. No sé cuáles ni cuántas, pero que ojalá sean tan hermosas y lascivas y que se me parta el pecho amándolas como a un huracán de lenguas y miradas. Quiero follar descarnadamente, sin límites, con mexicanas y francesas y griegas y asiáticas y gringas y colombianas y españolas. Quiero todos los cuerpos hermosos del DF sin ropa sobre mi cama. Quiero probar las mieles del enamoramiento en la patria de los muertos. Quiero el beso, el vuelo, la ilusión. Quiero la locura vestida de sexo.

Hoy es viernes y ese colchón tendrá un Gran Día. Ya no seré el perdido cuerpo ahogado entre su propio sueño sino un delirante capitán que navega hasta el fondo de los mares.

Charlie Sheen o una inglesa perdida en el DF

Charlie es una inglesa con la que ligué en el cumpleaños de Laura. Fue un ligue bien extraño. Yo esa noche tenía un parche de pirata en el ojo izquierdo, luego de que un accidente en bicicleta me hiciera una cortada entre la ceja y el pómulo. Para disimular la gran costra que estaba pegada en mi rostro, decidí usar aquel objeto tan bien visto entre los piratas, pero que a mi presencia urbana no lo quitaba ni le ponía. Como decía, esa noche me ligué a Charlie y follamos en su cuarto antes de que saliera el sol. Fue un polvo salvaje y que recordaré con gran afecto y vértigo.

Pero eso fue lo único bueno que (puedo decirlo con toda la sinceridad del caso) sucedió con aquella profesora, viajera y perspicaz inglesa.

Charlie es muy intensa. Siempre busca sexo y lo consigue. Para eso hay bares, fiestas, encuentros casuales y Tinder. Precisamente en Tinder fue donde Charlie conoció a un amigo mío, que también se la folló. Un amigo que vive en otra ciudad y que le daba verga cuando Charlie viajaba hasta allá. Fue después de ahí que percibí su voraz apetito por los hombres. Es insaciable. Siempre quiere más amor, más pasión, más promesas. Un escorpión enloquecido que arde en llamas.

Después de un tiempo dejé de verme con ella en Bogotá. No soportaba sus mensajes buscando alguna cita. Llegaban a mi celular todos los días y eran exasperantes. Con una sequedad que se volvió pan de cada día, logré alejarla sin mucho problema. Igual, el pazr de veces que nos encontramos en la casa de Laura antes de mi viaje a México, follamos en su cuarto. No recuerdo si estuvo bueno o malo, pero sí que cada vez disfrutaba menos los encuentros.

Luego, viajé a México y Charlie nos escribió a los pocos días pidiendo posada. Le dijimos que sí. Obvio que sí, que problema habría. La acomodaba en mi cama y si nos estábamos entendiendo, pues follaríamos. Así fue el primer día. Ella llegó, muy tranquila, y nos pusimos a tomar mezcal. Acabamos en la cama ya borrachos y follamos como pudimos, como la borrachera, enterita en nuestra sangre, nos lo permitió. Al siguiente día ella se fue con Laura, que también está acá en México, y conocieron museos y supongo que se perdieron por el centro. Ese día era el cumpleaños de Charlie. Cuando volvió a casa de su paseo, yo estaba recién llegado de un paseo en bicicleta, largo y excitante. Tenía las fuerzas a tope. Follamos y cuando terminamos Charlie me preguntó que si saldría esa noche con ella. Le dije que sí, que saldría con ella y con todos, y bebería con ella y con todos, y una sonrisa entre macabra y benevolente se dibujó en su rostro, pero supe que, como siempre, ella quería que le dijera que sería solo para ella, todos mis huesos y carnes y nervios solo para ella y su voraz apetito de amor.

Salimos para el bar y durante el camino ella trató de tomar mi mano como si fuera mi novia. No se lo permití. Entramos al lugar y nos saludamos con la gente que nos esperaba. Bebí y bailé con Charlie unas canciones muy provocativas. Luego nos pusimos a hablar de algunas idioteces. Al final de un grupo de música, yo acabé fumando afuera unos cigarros y me encontré a alguien con un porro. Le pedí, me lo negó pero me dijo que sus amigos tal vez me podrían dar. Así fue. Terminé en una sala de ensayos a no más de una calle fumando con la banda que había acabado de ver en el bar. Fui simpático hasta que la fumarreta me lo permitió. Salí con una chela en la mano y cantando una canción. Todo esto no demoró más de media hora. No demoró más de un puñado de minutos. Cuando llegué a la entrada del sitio, mostré mi sello para ingresar de nuevo y vi salir a Charlie enloquecida, diciendo que se iba para la casa, histérica, y me miraron ella y Laura como si yo les debiera algo, sobretodo Charlie me miró como si fuera mi esposa, y entonces le pasé las llaves, en silencio, y me adentré a la discoteca de nuevo a perderme entre la gente.

Como era de esperarse, Charlie volvió a la pista y trató de hablarme. Le dije que ella no era mi novia, ni siquiera mi amante, y que esos reclamos eran algo muy infantil. Se enfadó pero entendió lo que le quería decir. Nos separamos durante el resto de la fiesta y ella estuvo bastante apartada. Puedo decir que la afectó mucho el hecho de que yo me hubiera puesto en esa posición. No lo sé. En verdad las cosas son como son. Si ella hubiera salido también, yo me habría puesto a coquetear con cualquier otra chica y ya. Otra historia sería si nos gustáramos. Además, yo sé que todos podrían creer que yo sí le gustaba mucho a Charlie per no es así. A ella le gusta cualquiera que pueda garantizarle unas dotes de pasión y de sexo y dedicación que no están dentro de mis cuotas. O puede que sí lo estén, pero no para Charlie y su enloquecida vocación.

Hablamos cuando ya la fiesta había terminado. Le dije que me dejara quieto, que no teníamos nada de que hablar. La noche se fue así hasta que llegamos al apartamento. Allí tuvimos una discusión que, puedo decir, es la más fuerte que he tenido con una mujer en mucho tiempo, casi que desde los días de Amanda. Charlie me pidió que habláramos y me dijo lo mismo de unas horas atrás, así que siguiendo ese orden, le dije también lo mismo: que me dejara tranquilo, que esos shows no me los había hecho ni la más amada de mis novias y que el ambiente era tan relajado que habérselo cagado con su actitud celosa fue lo peor. Tal vez fui un poco más hijueputa, tal vez un poco menos, no lo recuerdo. En todo caso Charlie se fue a dormir a mi cama y yo me quedé en la hamaca. Antes de que ella se fuera a su cuarto, tuvo una conversación con Nicolás en la puerta del cuarto de éste. Al siguiente día le pregunté de qué habían hablado, y el muy canalla me dijo que le había dicho a Charlie que se metieran a la cama, y que ella le hizo ojos de que mhm, podría ser, pero no, mejor no, y entonces cada uno se fue a dormir, pero estoy seguro de que un par de vodkas más y una lejanía de más metros de la hamaca donde yo dormía, y este par se follan, lo que en verdad no habría estado nada mal, así la inglesa se relajaba y Nicolás destemplaba sus músculos lubricados en coca.

Al siguiente día, aprovechando que mi amigo no estaba en casa, dormí en su cama. Casi todo el día dormí. Ya en la noche, Nicolás volvió con una botella de ron y Coca Cola. Empezamos a beber. Limones, cigarros, más tragos y llegó Charlie de su último paseo como turista. Se nos unió a la juerga y yo ya estaba menos tenso. Igual ahí nos despachamos y reímos un rato. También Nicolás bailó música cubana con la inglesa y cantamos en un coro fascinante Bohemian Rhapsody de Queen. Fue hermoso. Cuando yo me fui a dormir al cuarto, Charlie se iba animando, pero con solo tocar las cobijas me arrinconé en un costado de la cama y allí me quedé hasta que amaneció.

Le preparé un desayuno frugal: café, una manzana verde en pedacitos y dos tostadas de ajonjolí. La acompañé también hasta el metro y durante la caminata estuvimos hablando de su comportamiento y el mío. Volví a sentir ira. No sé qué pasaba por su cabeza. La vi fea, más que los otros días, como decaída. No sé, sentí que lo mejor era que se fuera. Nos despedimos frente a la estación de Juanacatlán y volví a mi casa fumando un Delicado.

 

 

El día que nadie se imaginó

Supongo que Jack Kerouac no se imaginó que los Estados Unidos fuera a ser tan progresista y desalmada como lo es hoy en día. Mientras algunos de sus estados eligen ser territorios de paz y gozo para la marihuana, también mediante el voto, aquel gesto de paz democrático que es lo único que compartimos todos en esta sociedad, se elige presidente a Donald Trump. ¿Qué pasará? Creo que, como dice el autor de La Carretera: “Nadie sabe muy bien para dónde va”.

En este momento me encuentro en México, en el DF, exactamente en la calle General Juan Cano 21 de la colonia San Miguel Chapultepec. Llueve. A cántaros. No ha parado el aguacero desde las cinco de la tarde. Este clima es como un llanto colectivo de los mexicanos–y de todos los que somos mexicanos de acá para abajo pero nos ocultamos tras la nada significativa palabra “latino”–. Esta lluvia agreste, que se lleva las hojas de los árboles, atasca la ciudad, alborota la fragancia fétida de los rincones del Zócalo y despierta una especie de vapor ácido entre las calles, es el símbolo de lo que se está viviendo hoy. Un racista, misógino, maltratador y saboteador parece que estará frente a la empresa estatal más potente del mundo: los Estados Unidos. Un loco, un tal Trump, un pendejo, un chingado. Pero así es el mundo actual. Prefiere ser culeado, prefiere arriesgar todo para postergar la supuesta promesa del bien,  promesa tan débil y tan corrupta, que poco puede hacer frente a los acontecimientos. Y es que hay que decirlo a viva voz: el mexicano también es racista, misógino, saboteador y maltratador. Es decir. Tal para cual, solo que uno rubio y el otro indio. Ni Trump ni Peña Nieto son la estampa de unos líderes que merezcan respeto, pero tampoco representan a pueblos absolutamente dignos o absolutamente honorables y transparentes. De lado y lado, se diga lo que se diga, hay tanta mierda y tanta sangre que sería imposible quedarse en alguna orilla.

Es diciente también, hoy 8 de noviembre de 2016, que el mundo elija a Donal Trump, que Colombia le haya dicho NO a la paz con las Farc y que Inglaterra prefiriera el Brexit a la unión con sus hermanos y cercanos de toda la vida. Algo hay en este mensaje. Que se vea tan apocalíptico tal vez sea el primer indicio de que no lo es, de que el mundo ni se va acabar ni se va a inmolar. Todo lo contrario. Tal vez es un nuevo engranaje, una forma de resistencia que pueda traer resultados y cambios en el sistema que ahora no imaginamos. Tal vez sean los hechos actuales los que desatarán otros futuros acontecimientos que traerán la transformación que se espera. Pero, ¿cuál es? El mundo justo y equilibrado y pacífico que nos han vendido, siempre ha sido una mentira. Acá no hay nadie a quien creer.

Así mismo, es gracioso ver el circo inmundo de Estados Unidos. Elige presidente negro, elige presidente racista. Elige alguien que va por la paz y luego elige alguien que va por la muerte. Elige alguien que deja atrás el viejo estilo americano de aplastar a todos para elegir a un tipo que seguramente buscará no dejar ninguno. Es una payasada. Igual, nada qué hacer. Todos los países, o casi todos, son una payasada. Sus regímenes, sus líderes, sus feudos. Ninguno se salva. Ninguno es capaz de negar que es despiadado. Ninguno es capaz de contar una historia que no esté manchada por la sangre. Y es normal. Así es el hombre y lo que ha forjado. Una mezcla de poesía, ritmo y locura. Que a nadie se le haga raro que los acontecimientos de la vida parezcan salidos de una cueva del absurdo. Así ha sido siempre. El destino contra sus pasajeros. La vida forzando nuestra resistencia.

De todas formas, es vital que la gente reaccione. El mundo no debe hacer apología de líderes racistas ni de compulsivos guerreros que piensan derrotar los órdenes constituidos en la paz. El mundo y su sociedad deben, a partir de diversas manifestaciones y de la resistencia civil, detener los abusos y la destrucción que alguien pueda activar en los territorios. Cuidarnos entre nosotros tal vez parezca la tarea más extraña en estos tiempos tan egoístas, pero es nuestra única salida. Cuidar y entender al otro.

 

 

 

Volver al dietario

No es tan fácil mantener el ritmo de un diario, sobretodo cuando las emociones o la cabeza no están de tu lado. Si reviso este espacio, solo podría testificar sobre mi vida hasta finales de 2011. Todo mi pasaje en Río de Janeiro y las misteriosas y febriles tierras brasileñas, los carnavales donde corrió la cachaça, los ácidos y las caderas; el Mundial de fútbol que aconteció bajo mis pies y el endiablado tren de romances que hubo, todo eso, como una larga exposición de una cámara a la luz, pasó sin estar acumulado en este sitio. Sé que los papeles que cuentan aquella historia se mantienen en mi computadora (y en mi memoria, máquina infernal de distorsiones), pero sería divertido leer también esos textos acá.

Por ahora, basta decir que continuaré con la tarea de escribir el dietario ficcional. De aquí saldrá uno, dos o tres libros que de seguro publicaré más adelante.

Bienvenido a México

   El primer mensaje fue la luna llena desde el avión. Contemplaba desde el Interjet 2931 el mapa de la Ciudad de México, iluminado y exultante entre la oscuridad, y percibía que su forma era la de un reguero de sangre. Como esos charcos que uno ve en las baldosas después de una pelea. Pequeñas manchas al principio y luego una mácula áspera y grande que se conecta con todo por pequeños hilos carmesí. Ciudad de México desde el aire parecía contar la historia de sus habitantes sin aspavientos, mientras aquella luna de plata agujereada por los ojos, la miraba con fijación y ternura oscura, una luna de fuego y de barniz ardiente que me presentaba la urbe en la que pasaría los momentos determinantes de mi destino.

   Luego de la primera noche que pasé en mi nueva casa, ubicada en la calle General Juan Cano, ocurrió el segundo designio: una mancha de sangre, dividida en tres pincelazos en la pared que recibe la cabecera de mi cama. No había matado zancudos, no había sangrado por los dedos ni el pelo, tampoco tenía en mi ropa o piel rastros de sangre. Le comenté a mi compañero de casa si él había hecho alguna bromita, pero se indignó con solo sugerírselo. Pensamos durante algunos minutos en el suceso, misterioso y tremebundo, pero ante las respuestas de la nada lo único que atiné pensar fue: Bienvenido a México, Chano.

   El tercer designio se me presentó en la ducha del apartamento. Tomaba un baño de agua helada y al cerrar la llave, por una pulsión extraña, giré mi cabeza y vi la araña negra sobre una pared del baño. Era gigante, oscura, de patas largas y dos afilados dientes. Recordé un cuento de Andrés Caicedo sobre una araña que se lo quiere tragar en medio de un viaje de mota. También recordé la anécdota de una modelo colombiana en el Chocó, que dijo haber visto en su ducha una araña del tamaño de un puño. Pero este bicho era diferente, en tránsito. Saltó hasta el tubo donde está colgada la cortina de la ducha y caminó frente a mis ojos atentos. Cuando estuvo frente a mí se detuvo. Puedo decir que la miré directo a sus fauces, a sus pupilas negras en intríngulis. Ella siguió su camino y yo el mío, dispuesto a secarme y vestirme. Volví al baño y el bicho había desaparecido.

   Estos tres acontecimientos me parecen muy relevantes, pero el que sigue cerró la bienvenida particular que me estaba dando el territorio. Estábamos en la terraza del edificio tomando unas cervezas cuando vi el gigante. Era un árbol atrás del edificio, pero sus ramificaciones y el corte de sus pompas de hojas formaban un claro personaje en postura de proteger algo. Abrazaba el edificio con unas articulaciones verdes gigantes, un brazo por el frente y otro por encima hasta el techo. Y era un acto de ternura, de madre selva, de fraternidad. Fue entonces que entendí que toda esta cuadratura de símbolos cerraba. México me recibía de forma ritual: con luz y oscuridad, con sangre, con sílfides, y con un abrazo que sentí hasta en el rincón más profundo de mi cuerpo. México estaba allí, no como un rompecabezas sino como un misterio que nunca termina.

   Con los días que he pasado acá no puedo hacerme una idea completa de lo que sucede entre las gentes y el lugar, pero sí dilucidar el misterio del aire en el ambiente. Hay olor a muerte, a viejos huesos y carne regada por el suelo; también hay un olor podrido, a cañería, que rodea el centro de la ciudad como un anillo; también están las calles oscuras como una cueva y el reguero de gatos que salen a caminar después de las 20:00, o el carrito de tamales que silba una incomprensible melodía por una chimenea de lata (carrito que, bien visto, parece el robot del Mago de Oz transformado en carrito de raspados). El metro es rápido y caluroso y de color naranja. Es eficaz, pero los mares de gente que se atascan en sus entrañas llegan a desesperar hasta los nervios más cerrados. He visto hombres que se parecen a Moctezuma como también mujeres que se parecen a la Malincha. Vi las calaveras andar a la media noche, desencajadas en risa y con los huesos temblando como un xilófono; también el mezcal ha sido mi amigo, con una borrachera que pareciera que llena de turbulencia el mundo y te amarra a una viga mientras todo se va cayendo. Es como si te dijera “mira, solo mira, porque cuando te suelte este desorden se meterá en tu ombligo”. Y yo me quedo así, extático entre la barra y mis compinches, mirando los giros de las cosas y de las formas, tratando de evitar el abismo de un mal paso, buscando la risa de una calaca desafiante que llene de fuego mis noches frías.

Con María las cosas venían mal desde hacía unos meses. La mayoría del tiempo estábamos bien, pero en mí las cosas ya no venían funcionando con la misma energía. había algo extraño en nuestra convivencia, una costumbre indomable tal vez, que a los dos nos generaba malestares. Siempre me pareció que María sentía algo similar, pero ella lo que aceptaba era no sentirse conquistada, habernos entregado ya con seguridad el uno al otro. Soy culpable, lo acepto: nunca llamé más de lo que quise, nunca escribí cartas que no fueran necesarias, no dije palabras de amor en exceso para no gastarlas, no escribí canciones para ella aunque lo pensara, y en los últimos días la relación se tensionó de tal manera que nos saludábamos dándonos picos en las mejillas y evitábamos los reclamos mutuos (miento, en su mayoría para mí) más que irnos a la cama. El último día que la vi, se quebró en mis entrañas algo. Una especie de rabia con dolor y amor y ternura. Una bomba que me dejó sin palabras. Apenas pude decir que estaba solo, que quería estar con otras personas, y creo que fue lo más estúpido que pude haber dicho en ese momento pero también era lo que menos lastimaría a María. Yo simplemente quería dejar de estar ahí, de sentirme amado, algo incómodo y tenso.

Mis alardes de puta empezaron a estremecer las redes sociales. Contacté algunas viejas amigas del facebook y he salido con una que otra. Pero no es lo mismo, hay que aceptarlo con algo de resignación y tristeza. No es lo mismo ese amor gigantesco que a veces abrumaba mis sueños y quebraba fácilmente las razones del astío, a sentirse libre entre las seducciones y los cuerpos, que sin tregua forman grandes energías y vacíos que se ahondan y van enterrando un tesoro. ¿Qué será la luz que pierdo? ¿Esperanza? ¿Vida? ¿Amor? No lo sé definir con toda sapiencia, pero estoy seguro que gano libertad, levedad e independencia.

Estos días, por medios de sensaciones de telequinesis, he sentido la tristeza de María. ¿Cuánto podrá aguantar ese extraño vínculo que nos une, pero que está deteriorado? ¿Se trasformará en dolor, en angustia, en cicatriz? El viernes pasado la vi llorando a cántaros y me sentí tan mal que me dieron ganas de tomar el teléfono y llamarla para ver qué sucedía con ella. No lo hice porque sería una grosería, pero ganas no me hicieron falta. Durante estas semanas se alarga la nostalgia y parece apropiarse de lugares que antes le eran vedados. No me siento mal estando triste, pero pensar en sucedáneos y otras cosas para abandonar esa tristeza me parece horrible. Aplicaré la sentencia de Versuit Vergara Bat: “tomo para no enamorarme, me enamoro para no tomar”.

Este diciembre se ve largo, lacrimoso, y tal vez más espezo que el de todos los años. Entrar al 2012 sin María pareciera una frescura, pero todos sabemos que los calendarios mienten, que el tiempo es un paso distorsionado y en verdad inmedible, y el paso de eso que llaman días apenas meguará lo que pueda pasar, que ojalá sea bueno para los dos, porque yo a María le deseo lo mejor. Y me dolerá si alguien entra en su camino, si alguien besa sus labios, si alguien enloquece con su cuerpo, me dolerá hasta el tuétano, pero debo ver esas imágenes como un cine que ira apaciguando el pasado, que ese sí está hecho de largas caminatas sobre la carcajada y particulares encuentros con la melancolía.

Me subí en un barco solo. Guardaré mis globos para más tarde. Emprendí el camino que no pensaba tomar, pero me siento bien estando solo.

 

Innerself is back

La banda de trash metal que soñamos algún día ser ya desapareció.

Ayer nos reunimos sus integrantes originales y quedamos en volver a ensayar en las semanas que vienen.

Será como un regalo de navidad para todos, un momento para desquitarse y recordar.

Porque entratremos por la puerta de atrás del escenario.

Tocaremos sabiendo que ya el sueño de estar los tres recoerriendo el mundo con los instrumentos desapareció.

Cantaremos hasta quedar afónicos aunque no recordemos bien las letras.

Una cuerda se romperá en mi gitarra.

Y olvidaré por un momento donde estoy.

Donde me quedo.

Donde me encuentro.